Juliana dos Santos Padilha
Pedro tenía manos fuertes, clavaba la pala en el pozo y sacaba la tierra en un movimiento casi involuntario. No pensaba en nada mientras trabajaba y lo mismo pasaba con el resto de su vida. Quizás fuera por eso que su mujer lo había abandonado. No tenía hijos, contaba con la compañía de sus amigos y de una chica de un prostíbulo cerca de su casa. En las noches en que realmente veía la oscuridad y el vacío de su pequeña casa en una villa, se asustaba y corría a buscar el calor de la muchacha. Pedro vivía solo en Buenos Aires, sus padres y un hermano se habían quedado en el campo.
En este día, el sol dejó un rastro anaranjado en el cielo después de haberse borrado. El verano empezaba en la ciudad porteña, hacía mucho calor y Pedro sudaba. Su cuerpo ya demostraba señales de cansancio, pero hoy tenía que trabajar una hora más. Él y sus compañeros habían sido solicitados para una tarea de carácter urgente: exhumar mitad de los pozos del ala de los NN en el cementerio de Chacarita. Luego de saberlo no reclamó, ni caviló sobre los motivos de tal necesidad repentina de espacio. Tampoco pensó que iba a ganar una extra. Parecía haberse olvidado de su existencia en algún rincón de su pasado.
Desde sus veintitrés años convivía con el dolor ajeno. En el inicio le fue difícil, sentía náusea cuando recorría las galerías ante el furtivo olor ácido de la muerte o cuando tenía que exhumar desde simples pozos hasta lujosas bóvedas- ver y juntar las pequeñas partes que quedan después de todo lo que fuimos. Pero el tiempo vuelve incluso la dificultad una costumbre y así los inhumadores como Pedro van logrando la indiferencia en sus actividades.
Pedro trabajaba y no se dio cuenta cuando la noche se tragó los últimos rayos de claridad, sino sólo cuando las luces se encendieron. En este momento él trataba de sacar los huesos de un pozo al lado de un majestuoso roble. Se había agachado para juntar la calavera, cuando sintió un liviano golpe en sus espaldas. Volvió su cuerpo hacia atrás y vio una niña hermosa con un vestido blanco. Pedro le preguntó, revelando una mueca de sorpresa:
–¿Qué quieres mi amor?
La niña, que aparentaba tener unos seis años de edad, le contestó primero con una sonrisa, en seguida se puso seria y callada. Pedro, sin entender la situación que se le planteaba, le rehizo la pregunta en el mismo tono. La niña volvió a sonreír y le dijo:
–Hoy murió mi mamá, ellos acaban de enterrarla. La metieron en un hueco como ese, pero del otro lado. Ella nunca me habló de mi papá, no sé quien es. –La pequeña se calló y empezó a mirarlo con extrañeza. Entonces, le preguntó: –¿Usted está vivo?
Pedro dijo que sí, y pensaba en lo que le iba a preguntar cuando comenzó a caer un chaparrón. La niña salió corriendo y le dijo adiós ya en la mitad del camino. Pedro con los ojos encharcados aún logró distinguir su figura blanca alejarse por el camino de baldosas.
Desde ese día, algo afectó profundamente a Pedro. Estaba constantemente intranquilo y no podía dejar de pensar en las palabras de la chica. ¿Sería verdad su historia?; ¿Y por qué dudó si estaba vivo? ¿Está tan viejo y acabado para parecerse a un cadáver? No quiso hablar con nadie sobre el ocurrido y en los días siguientes evitó salir de su casa después del trabajo. Los compañeros del bar lo extrañaron en el juego de barajas y la chica del prostíbulo no pudo desahogar su desdicha de aquellas noches. Pedro estaba siempre solo con sus pensamientos. Decía para sí mismo que no había visto un fantasma, que la niña era real, aunque había mantenido un diálogo muy corto con ella.
Pedro fue de a poco recuperando su consciencia: pensar en ese hecho le hizo empezar a reflexionar sobre otros, más antiguos y dolorosos. Hasta que una noche lloró al recordar el día en que llegó a su casa y la encontró vacía: la mujer que lo había cuidado por veinticinco años y era tan tranquila lo había abandonado. No le dejó siquiera una palabra y él no derramó una lágrima. Siguió su vida, pero sin su corazón. Ahora volvía a cuidarse, a observar sus sentimientos y la vida a su alrededor.
Pasó un mes y Pedro decidió olvidar a la niña del cementerio. Con un sentimiento de renovación, seguía con el trabajo, con su vida. En este día llovía mucho y casi no se podía trabajar en la tierra. Pedro prendió un cigarrillo y decidió caminar a tientas. Ya se aproximaba el final del día y dentro de poco tiempo estaría libre. Se le ocurría que podría ir al cine, hoy los precios eran promocionales. Se entretenía con sus pensamientos cuando una lápida atrapó su mirada: allí estaba grabado el nombre de su mujer y a su lado el de una niña.
Al final de una semana de búsquedas, se enteró de que su mujer estaba embarazada cuando lo había abandonado y que había registrado a la hija sólo con su apellido de soltera. Desde entonces Pedro supo que la niña de blanco de aquella tarde era la eternidad de su duda.
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